lunes, 10 de octubre de 2011

Ejercicio


Autor: Lisandro Demarchi


Entonces no se supo qué inicio la calamidad, si el aroma a solfeos, trémolos y armonías; tal vez una corchea que se cruzó por la pupila y caló hondo sembrándose en mi tuétano.

Sí, es ahí cuando uno se da cuenta de que hay cosas que uno no recuerda haber registrado, hasta que choca con ellas en otra parte del ciclo.

Así fluyen los universos, entre los surcos que nos trazan los pasos que olvidan nuestros pies. A veces se nos discurre la memoria y simplemente somos niños con dolor de alma.

Niños con dolor de alma y la memoria del pulso, de un batirse leve en el fuego, como todo lo que cae y se hace añicos entre las piedras. A veces es un caer redondo en el tedio, en las fotos que revelan su alma purpúrea, en lo que gasta las paredes de la mente con el rebote.

Se me ocurre hacer de la mente un espacio insondable, lleno del aire que nadie nunca ha respirado, el mío. Pintarle un marco de todos colores y dejarle un poquito caído hacia la derecha, porque no me gusta el mundo cuadriculado y menos simétrico.
Adivinaré a qué se parece el último punto del último segmento de la última parte de mi última neurona, la que me resguarda del exceso y el rebose.

Es probable que se parezca a la muerte de un pájaro, al vértigo de un mirarse en el absoluto, la mente no tiene nombre, no tiene fecha, es un animal ciego que anda y fagocita las auroras boreales para sembrárnoslas dentro.

Qué misterio, el delicioso sentimiento que nace de la incertidumbre, de la pregunta, de la cuestión sin voz.
Cerraré mis labios y me sacaré los ojos, entonces ya no seré sólo un animal.
Alzaré mis brazos como queriendo agarrarme de la materia obscura, me haré de un ideal y entonces surcaré las masas... caeré desde lo alto para nunca sentir el planeta. Seré infinito.
Me romperé el caparazón de pretensiones y me limitaré a enderezarme el alma porque mis ojos serán un punto entre todo lo que no está escrito.

Susan Urich - K

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